martes, 13 de diciembre de 2016

Nayib quiere ser presidente de El Salvador


Dice Nayib que aún no era el momento. Dice que rechazó una y otra y otra vez la generosa oferta de la candidatura para la Alcaldía de San Salvador que le hizo el partido oficial. Los más altos dirigentes del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), dice, se lo pidieron en persona, pero que en cada reunión convocada para abordar el tema se zafó con delicadeza: que muy agradecido, pero que aún no era el momento.

Nayib Armando Bukele Ortez era la figura emergente en el desolado panorama político salvadoreño que dejaron las elecciones presidenciales de inicios de 2014; la más firme promesa entre los de su generación, quizá la única. Nacido en julio de 1981 –todo un millennial–, Bukele gobernaba entonces un pequeño municipio-dormitorio en el extrarradio de la capital llamado Nuevo Cuscatlán, pero su proyección era ya la de un líder de ámbito nacional. Por eso el FMLN, la exguerrilla reciclada en partido que arrastra un serio problema de renovación de cuadros, lo consideró como la opción más viable para tratar de arrebatar la capital del país a Norman Quijano, un político del derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) con seis años como alcalde y bien parado en las encuestas de opinión.

Dice Nayib que aún no era el momento, y por eso rechazó.

Pasadas las fiestas al Divino Salvador del Mundo de aquel 2014, que paralizan el país durante la primera semana de agosto, quedó para cenar con dos de sus asesores de mayor confianza en Humo, un restaurante de la Zona Rosa. Las encuestas internas no le sonreían, entre ocho y diez puntos abajo de Norman Quijano a medio año de la cita con las urnas. Pero uno de los comensales, un cerebro de la consultora guatemalteca Vox Latina, lo retó: te apuesto mi carrera a que ganarías esta elección.

No fueron la convicción de su amigo y asesor ni sus conocimientos en marketing político los que convencieron a Nayib. El argumento que revirtió su decisión de rechazar la candidatura fue más ambicioso: “No entendés algo que ni siquiera el Frente entiende –escuchó de boca de su amigo–. A sabiendas o sin saberlo, el FMLN te está entregando el futuro de la izquierda, y vos lo estás rechazando”.

“Y yo no sé qué parte del cerebro se activó”, dice Nayib, “pero en ese segundo me dije: acepto”.


Foto Facebook Nayib Bukele.
Aceptó. Menos de dos semanas después, su candidatura fue lanzada con bombo y platillo. Ganó las elecciones con holgura. Devino el alcalde más joven en la historia reciente de la capital. Y, quizá lo más relevante en su estrategia de vida, logró el mejor de los escaparates para el que es su gran ambición: convertirse más temprano que tarde en el presidente de la República de El Salvador.

Nayib, el mesías

Desde hace un par de años, el político de moda en El Salvador tiene nombre: Nayib. Es joven, rico, sofisticado, resultón ante las cámaras, emprendedor, se fotografía con perritos rescatados de la calle, se casa en plena campaña electoral con su novia de una década, es todo un fenómeno en las redes sociales… No hay competidor que le haga sombra en popularidad, y su estrella brilla aún más entre los votantes jóvenes. No es muy aventurado afirmar que es la persona que más entusiasmo ha despertado en la sociedad salvadoreña desde el triunfo electoral en 2009 de Mauricio Funes, el primer presidente efemelenista, que en la actualidad está procesado por enriquecimiento ilícito y exiliado en la Nicaragua de Daniel Ortega.

Para conocer las esencias del fenómeno Nayib hay que poner atención a cuatro elementos. Uno: su corta pero fulgurante carrera bajo la bandera del FMLN, un partido de la órbita chavista que a priori no engrana con la clase social de la que siempre ha formado parte el alcalde de San Salvador, en el estrato más privilegiado. Dos: una celebrada gestión en Nuevo Cuscatlán, el pequeño municipio que gobernó bajo la bandera efemelenista durante el trienio 2012-2015. Tres: una estrategia de comunicación de posicionamiento personal que prioriza internet y las redes sociales (sobre todo Twitter y Facebook) sobre los esquemas comunicativos tradicionales, estrategia polémica pero que hasta la fecha le ha generado más réditos que sinsabores. Y cuatro: su nombre y su apellido, de origen árabe-palestino en un país que se llama El Salvador y que en su bandera y en su escudo incluye la palabra ‘Dios’ en la leyenda, en alusión al dios cristiano; Nayib Bukele no se entiende sin Armando Bukele Kattán, padre y mentor, empresario exitoso que amasó su fortuna con una pequeña fábrica de camisas como punto de partida, máximo líder de la pequeña comunidad musulmana salvadoreña hasta su fallecimiento en noviembre de 2015, y amigo íntimo del referente histórico del FMLN, de Schafik Hándal (1930-2006), por sus orígenes palestinos compartidos y sus inquietudes intelectuales comunes en torno a la Universidad Nacional de El Salvador.

“Mi papá era musulmán, y mi mamá es católica; yo creo en dios, aunque no tanto en las religiones organizadas, y de hecho me gusta leer más la Biblia que el Corán”, dice Nayib, concertador, en un tema que sabe que en un país como El Salvador puede resultarle nocivo.

Sobre esos cuatro elementos, que bien podrían representar los cuatro puntos cardinales del fenómeno Nayib, una carpa lo cubre todo: su deseo por convertirse en presidente de El Salvador, deseo que ni siquiera se esfuerza por disimular. Incluso tiene acuñada una frase de corte populista que utiliza de manera recurrente: “El dinero alcanza si nadie roba”.

“Él quiere ser presidente y en su entorno todos hablan de eso”, confiesa para esta semblanza, bajo condición de anonimato, uno de sus colaboradores cercanos. “Quiere ser presidente: eso no lo dudés”, apostilla otra persona de su círculo cercano.

Desde el 1 de mayo de 2015 Nayib es el alcalde de la capital de la República, el trampolín que catapultó a Casa Presidencial a dos de sus últimos siete inquilinos. Está ya en las grandes ligas de la política salvadoreña, y lo está de la mano del FMLN, el partido que gobierna el país desde 2009.

Pero ¿cómo un millennial pudo ganarse la confianza de los viejos comandantes? En cuatro palabras, como proveedor de servicios; en dos, como empresario.

Con apenas 18 años recién cumplidos y con el apoyo de su padre, Nayib creó su propia agencia de publicidad y ofreció sus servicios al cliente con el que ninguna de las agencias del establishment quería trabajar: el único partido que entonces tenía posibilidades reales de arrebatar el Ejecutivo al oficialista ARENA, como a la postre sucedió. Les trabajó –a crédito, en ocasiones– las campañas electorales del 2000, 2003, 2004, 2006, 2009 y 2012. Poco a poco, su rostro y su peculiar nombre ganaron peso en los estrechísimos círculos en los que se toman las decisiones dentro del FMLN. Nayib disfrutó como propios los sonoros triunfos de 2003, cuando el partido por primera vez se convirtió en la fuerza más representada en el Legislativo; de 2009, cuando Mauricio Funes obtuvo la presidencia; y el de 2014, cuando el veterano excomandante guerrillero Salvador Sánchez Cerén sucedió a Funes en el Ejecutivo.


Foto Facebook Nayib Bukele.
Nayib tuvo un rol creciente en las campañas de comunicación y, quizá lo más significativo, logró convencer a sus clientes de que su apoyo a la sigla y a su ideario no se trataba nomás de un trabajo.

San Salvador camina

Después de casi año y medio con las riendas de la capital, la popularidad de Nayib se mantiene firme. LPG Datos, la unidad del diario La Prensa Gráfica que realiza encuestas, publicó la última semana de agosto su más reciente estudio sobre líderes políticos salvadoreños: el 65 % de los encuestados dijo tener una opinión buena o muy buena de Nayib, un porcentaje insólito en un país altamente polarizado como El Salvador, y con el agravante de que las simpatías se han incrementado desde que inició su gestión en la capital.

El segundo político en un listado de 29 personalidades, el vicepresidente de la República, Óscar Ortiz, se queda en el 48 % de opiniones favorables, amén de que las desfavorables duplican las que genera Nayib.

En su primer año al frente de San Salvador, Nayib puede poner sobre la mesa un ramillete de obras de gran calado que sin duda contribuye a sus buenos números en las encuestas. Se ha embarcado, por ejemplo, en un ambicioso plan por renovar, ampliar y optimizar todo el alumbrado público. También ha dignificado el popular campo de la feria de las fiestas agostinas, el utilizado con mayor recurrencia por los salvadoreños de recursos limitados, aquellos que no pueden disfrutar de opciones de diversión más onerosas. Y un tercer ejemplo de su gestión, el más ambicioso de todos, es la recuperación de las cuadras más emblemáticas del laberíntico y caótico Centro Histórico, que avanza a un ritmo nunca antes visto, a pesar de que implica enfrentarse a verdaderos ‘poderes’ como lo son las asociaciones de vendedores informales y las propias maras.

Nayib quiere ser presidente y, para conseguirlo, necesita una gestión exitosa al frente de la Alcaldía de San Salvador. Necesita resultados. Son su combustible. “El dinero alcanza si nadie roba”, repite cada vez que tiene ocasión.

Pero el cóctel de su popularidad tiene al menos otros dos ingredientes. El primero es un distanciamiento calculado del partido FMLN, que partió desde la renuncia al color rojo durante la campaña electoral para sustituirlo por un ambiguo azul turquesa, hasta aspectos menos simbólicos; no son pocos los encontronazos dialécticos que Nayib ha tenido con la dirigencia de su partido, al punto de que cuadros efemelenistas han salido por la puerta de atrás del equipo gerencial de la municipalidad. El 30 de agosto Nayib publicó en su cuenta de Facebook un artículo de opinión en el que instaba al FMLN a distanciarse de los corruptos: “Seguir defendiendo a corruptos no va a solucionar el problema de nadie; a la larga, ni el del mismo corrupto. Destituirlos podría generar un poco de ruido mediático en el momento, pero a la larga será mejor para todos”. Lo hizo apenas una semana antes de que trascendiera que el expresidente Mauricio Funes había solicitado, con la venia del partido, asilo político en Nicaragua.

El segundo ingrediente que abona a la popularidad son los gestos de corte populista en causas que gozan de aceptación creciente. Nayib hace guiños constantes y premeditados a los amantes de los animales, al feminismo no radicalizado, a los críticos de los periódicos más influyentes, a la juventud en general, a colectivos tradicionalmente ignorados como skaters o grafiteros, a deportistas, a artistas, a…

“Yo hace un par de años era popular porque había manejado bien un pueblito pero, en realidad, no era nadie, y sin pedigrí político”, dice Nayib.

Hoy es alguien. Hoy es el político salvadoreño mejor evaluado. Lo sabe. Y basa su buen posicionamiento en tres pilares: obras de impacto social, distanciamiento medido del FMLN y guiños populistas. Esa estrategia le ha garantizado una presencia constante en la agenda nacional.

Asesores, asesores, asesores

Con Nayib hay un margen para la improvisación, pero casi todo –incluso lo que parece espontáneo– está atado y bien atado desde antes. Nayib invierte en asesores políticos y de imagen, salvadoreños algunos, pero sobre todo de otros países centroamericanos, con una especial debilidad por los costarricenses.

En sintonía con la importancia que da a las redes sociales, es un secreto a voces que Nayib apuesta desde hace años por mantener estructuras de apoyo y aplauso –y de ataque sistemático a críticos y detractores– vía empresas que en El Salvador ya se conocen popularmente como ‘Trol centers’.

Los ‘Trol center’ que lo apoyan tienen una cuota importante de responsabilidad en la popularidad de Nayib, sobre todo entre los votantes más jóvenes. Pero su confianza ciega en este tipo de herramientas le ha supuesto también el que hasta la fecha es el mayor escándalo de su corta carrera política.

Personas muy cercanas a Nayib, tanto en el ámbito personal como profesional, están en la actualidad procesadas por clonar los sitios web de los diarios La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy –los dos con mayor circulación del país– para crear campañas de apoyo al alcalde de San Salvador. El que ha sido presentado por la Fiscalía General de la República como el cerebro es José Carlos Navarro, un amigo y estrecho colaborador. Y entre los involucrados está Sofía Medina, también amiga y gerente de Comunicación Social de la municipalidad, cargo al que llegó por haber sido empleada de Nayib durante largos años en su agencia de publicidad.

Lejos de admitir el yerro como un ‘pecado de juventud’ que quizá ya estaría olvidado, el alcalde optó por defender a capa y espada a sus amigos y subordinados, por victimizarse, por atacar a los dueños de los periódicos que emprendieron acciones legales, y hasta por emprender medidas desesperadas y de talante antidemocrático, como convocar a una multitudinaria y poco amistosa manifestación frente a una de las sedes de la Fiscalía.

No es su único tropiezo. La importancia trascendental que Nayib otorga a la familia –algo heredado de su idolatrado padre, Armando– y a las personas que le han demostrado confianza lo han llevado a saturar los puestos de mayor responsabilidad con familiares y amigos de confianza. El pasado 7 de septiembre, el Tribunal de Ética Gubernamental lo sancionó con una multa de 10 salarios mínimos, unos 2,500 dólares, por haber designado a su hermano, Yamil Bukele, como presidente del Instituto Municipal de Deportes.

Hay quien cree que, aunque no se ha destapado ningún caso de corrupción en la alcaldía, es solo cuestión de tiempo que pase, habida cuenta la red de intereses en los cargos más influyentes y la frecuencia con la que se recurre a las contrataciones directas –en lugar de licitaciones públicas– para adjudicar servicios o realizar compras.

“Su discurso es pegador, pero no es potente”, dice otro colaborador cercano, en una crítica directa a las esencias del fenómeno Nayib. “Apela a lo sensorial, pero puede llegar a hartar, porque es como escuchar siempre canciones de Arjona”, agrega.

¿Presidenciable en 2019?

El calendario electoral en El Salvador juega a favor del deseo vital de Nayib por convertirse en presidente de la República. En el primer trimestre de 2018 se celebrarán elecciones municipales, en las que, salvo descalabro de última hora o ruptura abrupta con el FMLN, la reelección suena como la opción más viable. Nayib da por hecho que el partido le permitirá postularse de nuevo. Exactamente un año después habrá presidenciales.

En la política salvadoreña, sería un error dar por cerrado con tanta antelación algo así, pero el FMLN, el partido de los excomandantes lastrado por el serio problema de renovación de cuadros, ha hecho saber a Nayib que elegirá a un cuadro efemelenista, a un militante de toda la vida, para aspirar a la presidencia en 2019. Aún faltan más de dos años, pero los hoy mejor posicionados son el ministro de Obras Públicas, Gerson Martínez, y el ministro de Relaciones Exteriores, Hugo Martínez. “Lo veo como casi un imposible”, respondió Nayib cuando en julio fue cuestionado por el periódico digital El Faro sobre si cree tener opciones de convertirse en el candidato presidencial por el FMLN.

Nayib quiere ser presidente de El Salvador. Con su equipo de asesores, con estudios y encuestas sobre la mesa, ha valorado la opción de lanzarse como candidato de un partido que no sea el FMLN, idea que cuesta digerir en un país polarizado hasta las entrañas y en el que las siglas FMLN y ARENA tienen un piso de simpatizantes con fidelidad a prueba de bombas.

Desde que Nayib se ha convencido de que el Frente no lo propondrá como candidato presidencial, han arreciado sus dardos contra la dirigencia y contra las políticas que desarrolla el Ejecutivo. El 13 de septiembre cargó contra el gobierno central con una seguidilla de tuits en los que acusó a distintos ministerios y secretarías de “volverse hostiles contra el proyecto de recuperación del Centro Histórico”.

Pero se trata de Nayib, el presidenciable. Quizá sea una vuelta más en el distanciamiento calculado con el partido que le ha permitido ser político. O quizá no, y esta vez se esté gestando una verdadera ruptura entre el efervescente Nayib y el acartonado FMLN. Nada está escrito. Las presidenciales de 2019 se escuchan todavía lejanas. La única certeza es que, más temprano que tarde, Nayib quiere ser presidente de El Salvador.


Foto Facebook Nayib Bukele.
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Este artículo se publicó originalmente en la edición #177 de la revista Contrapoder, de Guatemala, bajo el título 'De vocación, presidente'.

martes, 11 de octubre de 2016

Ojalá fuera cierto que los homicidios han bajado un 70 % en San Salvador

Lo primero, los datos duros, que trataré de exponer de manera aséptica.
Uno. La Policía Nacional Civil (PNC) registró en el municipio de San Salvador 323 asesinatos desde el 1 de enero hasta el 31 de agosto de 2016. En idéntico período de 2015 se cometieron 339 homicidios. En 2014, 216. Y en 2013, el año más intenso de la Tregua, 125 en esos mismos ocho meses. En términos porcentuales, el municipio de San Salvador presenta este año un descenso del 5 % respecto a 2015, que resultó el más violento del siglo XXI. Pero comparado con 2014 y 2013, los asesinatos en la capital han aumentado un 50 % y un 158 % respectivamente.
Dos. Si el corte lo hacemos desde el 1º de abril, cuando el Gobierno de la República comenzó a implementar las medidas excepcionales y las tres pandillas anunciaron un cese unilateral de la violencia, San Salvador –la ciudad; no el departamento, no el área metropolitana– ha pasado de promediar 51 homicidios cada mes, a 34. El descenso es del 33 %, una cifra importante e incluso esperanzadora, pero que palidece si se tiene en cuenta que a escala nacional, en el mismo intervalo, la reducción ha sido del 46 %.
Tres. Si nos remitimos al indicador de referencia en todo el mundo, la tasa de homicidios por cada 100,000 habitantes, San Salvador está repitiendo como la cabecera departamental más violenta de El Salvador. Proyectados los datos hasta el 31 de agosto para todo 2016, la tasa es de 195 asesinatos por cada 100,000 capitalinos. Le siguen San Miguel, con 107; y Usulután, con 97. Entre las menos violentas, Chalatenango, con 24 homicidios por cada 100,000 habitantes; y Santa Tecla, con 40.
Cuatro. El ‘Listado de las 50 ciudades más violentas del mundo en 2015’ lo elabora una oenegé mexicana llamada Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal. Como ya detallé en esta entrada publicada a finales de enero, el estudio presenta serias carencias metodológicas, pero, para el caso que nos ocupa, dos son las características que conviene tener presentes: una, que el nuevo listado se dará a conocer en enero, por lo que nadie en octubre puede aseverar qué ciudades estarán entre las diez más violentas, las que entrarán o las que saldrán; y dos, que la oenegé mexicana no toma la ciudad de San Salvador como parámetro, sino que establece las 14 ciudades del Área Metropolitana de San Salvador como una entidad, por lo que el puesto que ocupe ‘San Salvador’ dependerá no solo de lo que ocurre en el Centro Histórico, sino del comportamiento de los homicidios en el resto de la capital, y en Santa Tecla, y en Soyapango, Ilopango, Nejapa, Mejicanos, Antiguo Cuscatlán…
Punto y aparte.
Aportados estos datos sobre las verdaderas cifras de asesinatos que se cometen en la capital y sobre cómo se elabora el ránking de las ciudades las violentas del mundo, agrego unas reflexiones personales sobre lo que se está publicando en torno a la inseguridad en San Salvador, y sobre el manejo malicioso y/o ignorante que se está haciendo de la información.
Uno. En los ocho primeros meses de 2016, los asesinatos en la ciudad de San Salvador han descendido, sí, pero en una proporción muy inferior al resto del país. Si me permiten la comparación, e imaginamos un aula en la que los alumnos avanzan y aprenden a ritmos diferentes, la ciudad que gobierna Nayib Bukele sería, en materia de seguridad pública, uno de los estudiantes con peores resultados.
Dos. Desde antes incluso de que se implementaran las medidas extraordinarias, el Distrito Centro Histórico está siendo objeto de una agresiva militarización vía PNC y Fuerza Armada. Este parece ser el detonante principal del descenso de los homicidios, más significativo en ese pequeño sector de la ciudad. Pero es un grave error extrapolar los datos parciales de la subdelegación Centro de la PNC a todo el municipio –hay subdelegaciones policiales en el barrio San Jacinto y en las colonias Miramonte y Escalón–, y mucho más grave aún realizar inferencias para todo el área metropolitana con datos extraídos del Distrito Centro Histórico.
Tres. No es lo deseable, pero uno puede llegar a entender que el poderoso entramado propagandístico y de culto en torno a la figura del alcalde (pagado en parte con nuestras tasas e impuestos) trate de magnificar supuestos logros propios o datos y hechos que de alguna manera favorecen o enaltecen la gestión. Lo que como periodista me cuesta digerir más es que haya reporteros, editores y medios –que se definen como tales– que no sean capaces de separar el trigo de la paja, de contrastar la información que airea una u otra fuente, o de hacer análisis básicos que evidencian que los titulares del tipo ‘San Salvador sale de la lista de las 10 ciudades más violentas del mundo’ son pura ciencia ficción, invenciones sin sustento alguno.
Y cuatro. Vivo en San Salvador. Mis hijas viven en San Salvador, estudian en San Salvador. Mi esposa ídem. Viajo en bus por San Salvador. Camino seguido por San Salvador, también por el Centro Histórico. Almuerzo con regularidad en el mercado Central, voy al Estadio Cuscatlán, visito la cripta de Romero… Ojalá fuera cierto lo que en la tarde del 10 de octubre tuiteó el alcalde Nayib Bukele: “¡Una baja del 70% en homicidios en toda la ciudad!”, atribuido sin matices “al reordenamiento, los planes de reconstrucción del tejido social, los planes de inclusión, la iluminación de todo San Salvador y el inicio de la revitalización del Centro Histórico”. Ojalá fuera cierto, lo digo de corazón, pero no lo es.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Los homicidios han bajado. ¿Nos alegramos?

Sí. Debería alegrarnos. Sin lugar a dudas. Sería mezquino no hacerlo. Para la sociedad salvadoreña, la más violenta del mundo, toda reducción en sus aterradoras cifras de asesinatos –pronunciada y sostenida en el tiempo– debería ser motivo de satisfacción. Y la reducción es inapelable: desde abril, el país ha entrado en una etapa de estabilidad en torno a 11-13 homicidios diarios; una ruptura clara con los 21 homicidios diarios que promediamos durante los once meses precedentes.
Sin este abrupto descenso, habrían sido asesinados casi 1,500 salvadoreños más que los que las autoridades reportan hasta finales de agosto. Repito: casi mil quinientos más. Unos 300 salvadoreños están ‘salvando su vida’ cada mes.
Ahora bien, reconocer, alegrarse y hasta celebrar el bajón no tiene por qué estar reñido con hacer análisis que dimensionen ese descenso, que lo expliquen; mucho menos con tragarse el discurso tan triunfalista como cortoplacista y malicioso de los altos funcionarios del Estado.
La Administración Sánchez Cerén arrancó el primero de junio de 2014. Gestionó el tramo final de la Tregua –el de reactivación de la violencia– y la ‘guerra’ contra las maras, el período de la historia reciente de El Salvador en el que los homicidios más han aumentado. Si se tiene en cuenta que el Gabinete de Seguridad navegó 22 meses entre las estadísticas más sangrientas de este siglo, resulta hasta comprensible que el descenso haya derivado en triunfalismo, y en un discurso –el oficial– que pregona que las maras están siendo derrotadas. Pero la realidad es mucho más compleja, en especial en las comunidades controladas por las maras. Amerita detenerse en algunos ítems relevantes para tratar de comprender el calado del descenso.
Uno. ¿Dejará El Salvador de ser el país más violento del mundo? Improbable. Salvo que ocurra algo fuera del guion, 2016 será un año con menos homicidios que 2015, pero concluirá arriba de los 5,100 asesinatos, la segunda cifra más elevada del siglo XXI. Honduras, nuestro principal contendiente en el último lustro, mantiene su tendencia a la baja, así que solo Venezuela amenazaría que El Salvador siga siendo el país con la tasa de homicidios más disparada del mundo, con la excepción de territorios en guerra abierta. Incluso si en el último tercio del año promediáramos 11 asesinatos al día, terminaríamos con una tasa en torno a 80 homicidios por cada 100,000 habitantes.
Dos. ¿Seguimos bajo ‘epidemia de violencia’? Sí. Indiscutiblemente. Según los parámetros que maneja Naciones Unidas, una sociedad sufre epidemia de violencia cuando se cometen arriba de 10 homicidios por cada 100,000 habitantes. Con el volumen de población de El Salvador, con 54 asesinatos al mes ya seríamos, ante los ojos del mundo, una sociedad enferma de violencia. El descenso que se ha dado es de promediar 650 asesinatos mensuales a promediar 350.
Tres. ¿Qué ha provocado el bajón? Es quizá la pregunta con la respuesta más propensa al debate. El gobierno, parte interesada, aporta una única respuesta: medidas extraordinarias. No es muy aventurado afirmar que, ante el martilleo constante de esta idea de parte de los principales funcionarios del Gabinete de Seguridad, y sin que nadie se oponga con argumentos serios, que los hay, entre la población parece estar calando esa percepción. Las medidas extraordinarias se pueden resumir en tres ejes: uno, cortar la comunicación entre los palabreros de las cárceles y los de la libre; dos, abrir líneas de investigación con la Fiscalía para golpear el entramado financiero y generar disputas internas; y tres, dar carta blanca a las fuerzas de seguridad para disparar primero y preguntar después. Comenzaron a implementarse en el último fin de semana de marzo, y es justo cuando inicia el descenso en los homicidios. No resulta difícil vender la relación causa-efecto, como hace con éxito el gobierno. Pero al pasar la lupa, los últimos días de marzo también los usaron las tres grandes pandillas (Mara Salvatrucha, 18-Revolucionarios y 18-Sureños) para anunciar, vía comunicado conjunto, un cese de sus “acciones ofensivas”, aún vigente. Los pandilleros no han dejado de asesinar ni de agredir a la sociedad, creerse esa parte sería iluso; sin embargo, sí parecen haber metido en el congelador las diferencias entre las tres estructuras, y haber puesto en marcha pactos de no agresión, que no se están cumpliendo al cien por ciento por la naturaleza propia de las maras, pero sí lo suficiente como para suponer que una buena porción del descenso en los homicidios son los muertos que se generaban entre sí las tres pandillas, que han disminuido tras haber identificado un enemigo común: el Estado salvadoreño.
Cuatro. ¿Por qué el discurso triunfalista del gobierno? Mi opinión: por pura estrategia de marketing político y comunicacional. Más claro aún: para obtener rédito electoral, votos. Después de casi dos años de ‘guerra’, de que las fuerzas de seguridad hayan matado a más de 700 supuestos pandilleros en lo que nos venden como enfrentamientos, el Estado ha logrado, en el mejor de los casos, retomar el control territorial en zonas controladas por las pandillas a fuerza de meter a policías y soldados ennavaronados y armados con fusiles M-16 y AR-15, pero el control social de los mareros en sus canchas sigue, con alguna excepción, intacto. Control territorial y control social no son lo mismo. El discurso triunfalista es, pues, un discurso para engatusar a las clases media y alta, las que nunca han sufrido ni sufren de manera directa el acoso de las maras. En el bajomundo, los residentes en las colonias y cantones que más sufren a los pandilleros saben que el control social lo siguen ejerciendo ellos, aunque les hayan borrado los placazos y su presencia ahora sea más difusa, menos explícita, por la mayor presencia de policías y soldados.
Y cinco. ¿Qué nos espera hasta que finalice 2016? El gobierno navega con viento a favor. Ni en la Asamblea ni en los set de televisión hay voces sonoras cuestionando la ‘guerra’ contra las pandillas. La horquilla de 11-13 homicidios diarios permitirá al Gabinete de Seguridad seguir alardeando de descenso, porque la segunda mitad de 2015 fue terrorífica y, al comparar los mismos meses, el saldo será siempre favorable. Los excesos policiales –el pan de cada día en el bajomundo– e incluso las ejecuciones extrajudiciales no restan votos en la sociedad más violenta del mundo; al contrario. ¿La comunidad internacional? Tampoco parece muy dispuesta a alzar su voz contra la sistemática violación de los derechos humanos con la que la Administración Sánchez Cerén enfrenta a los pandilleros. ¿Y las pandillas? Mucho tienen con contener la embestida estatal y garantizar que no afecte en demasía a sus principales fuentes de financiamiento: las extorsiones y la renta. En definitiva, si yo tuviera que apostar plata, lo haría por un tramo final del año muy parecido en términos numéricos a lo vivido desde abril. Apostaría también por la reincidencia gubernamental en el discurso triunfalista, triunfalista y hueco, porque aunque Cotto, Ramírez Landaverde o Sánchez Cerén lo repitan una y mil veces, el guerrerismo como política pública no está debilitando, al menos con la intensidad que nos quieren vender, las estructuras de terror con las que las pandillas controlan sus canchas más firmes.

En este enlace puede consultar un gráfico interactivo de la Sala Negra de El Faro que detalla la evolución de los homicidios entre enero de 2002 y agosto de 2016.

viernes, 22 de julio de 2016

Nunca me habían insultado tanto

Nunca me habían insultado tanto como en los días y semanas posteriores al 22 de julio de 2015. Y no solo fueron insultos; llovieron calumnias, ofensas de sabores y colores variados, difamaciones e incluso amenazas de muerte explícitas como bofetadas.
El torrente de improperios sobrevino después de la publicación de ‘La Policía masacró en la finca San Blas’, una sólida investigación periodística de la que yo soy primera firma y en la que se denunciaban, por un lado, ejecuciones extrajudiciales cometidas por la Policía Nacional Civil (PNC); y, por otro lado –y en mi opinión lo más preocupante–, un obsceno encubrimiento de lo sucedido de parte de las autoridades e instituciones que deberían proteger a la ciudadanía contra los abusos de las fuerzas de seguridad.
Escribo estas líneas el día exacto en el que se cumple un año desde que publicamos la crónica. Doce meses que, admito mi extrañeza, sirvieron para que la masacre de la finca San Blas se haya convertido en el referente inequívoco de los abusos que la Administración Sánchez Cerén está cometiendo desde que en enero de 2015 apostó por el manodurismopara tratar de resolver el desarrollo desmedido del fenómeno de las maras.
La crónica acumula más de 104,000 visitas y fue retomada por prestigiosos medios de Estados Unidos, Europa y América Latina. La investigación se incluyó en el informe anual sobre derechos humanos del Departamento de Estado estadounidense, fue motivo de discusión en una audiencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en Washington, y, a pesar de los recelos iniciales, incluso la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y la Fiscalía General de la República han validado la calidad de nuestro trabajo. Ahora mismo hay nueve agentes policiales procesados por lo ocurrido aquella madrugada.
No es poca cosa, en especial si se tiene en cuenta que la masacre de la finca San Blas estaba llamada a ser uno más en el listado de ‘enfrentamientos’ que consignan las versiones oficiales: ocho despreciables pandilleros muertos después de disparar a valerosos héroes azules. Pero no. El periodismo permitió conocer que hubo policías que dispararon en la cabeza a jóvenes rendidos, que ni siquiera eran mareros todos los fallecidos, y que los hechores alteraron de forma premeditada la escena, con la colocación de armas junto a los cadáveres, por ejemplo. Lo ocurrido, es una inferencia que cae por su propio peso, no fue la acción de un grupo de agentes descontrolados con pretensiones justicieras, sino un modus operandi avalado, planificado y que el gobierno quiso encubrir, al punto que desde las más altas instancias de la PNC y del Ministerio de Seguridad aún se defiende la versión oficial del operativo.
Y a pesar de que la investigación evidenció gravísimas violaciones de los derechos humanos cometidas por las fuerzas de seguridad, sobrevino el torrente de insultos, de difamaciones, de amenazas de muerte…
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Somos la sociedad más violenta del mundo. Las maras son la expresión más cruel y refinada de esa violencia, con el agravante de que la ejercen sobre los sectores más desfavorecidos, pero el recurso habitual a la violencia para dirimir conflictos permea todo el cuerpo social.
Amarrando esta consideración a lo sucedido en la finca San Blas, el verdadero problema no es que haya unos policías exaltados que asesinen, o unos jefes policiales que lo toleren, o un sistema de control que silencie y encubra; ni siquiera que un gobierno que dice ser de izquierda haya asumido los valores que representa la finca San Blas como política pública. El verdadero problema, en mi opinión, es que como sociedad aún aplaudimos, enaltecemos o callamos ante los ya incontables sanblases, y preferimos insultar a los que desmontan versiones oficiales diseñadas para encubrir asesinatos cometidos con fusiles y balas que pagamos con nuestros impuestos. Esa permisividad es el combustible para todo lo demás.
Hoy se cumple un año desde ‘La Policía masacró en la finca San Blas’ y, a pesar de que la presión de la Embajada de Estados Unidos ha logrado que el caso se judicialice parcialmente, mi impresión es que apenas nada ha cambiado. Las ejecuciones extrajudiciales, las torturas y demás violaciones a los derechos humanos cometidas desde el Estado con el pretexto de la guerra a las maras no han cesado en estos 12 meses; al contrario, seguramente sea el período en el que más funcionarios han manchado sus manos de sangre desde que arrancó el siglo. Me temo que el manodurismo es y será por años el motor de las políticas públicas, sin importar cuán estéril y contraproducente sea, y lo será porque esta sociedad, la sociedad más violenta del mundo, parece sentirse realmente cómoda embadurnada de ese manodurismo.

jueves, 30 de junio de 2016

¿Harto de las trabazones? Pues lo peor está por venir

En los diez minutos que le tomará leer este artículo un vehículo se habrá sumado a la marabunta de carros, buses y motos que satura las calles y carreteras de El Salvador. El goteo asusta: cada hora entran seis vehículos en circulación, 130 en un día, 900 por semana, 3,700 cada mes, unos 45,000 al año… Son cifras del balance oficial de vehículos registrados ante el Viceministerio de Transporte; es decir, depurados ya los accidentados o los dados de baja.
En pocos meses el parque automovilístico superará el millón de vehículos; carros, pick-up, camionetas y motos en su inmensa mayoría. Si usted maneja desde hace una década en San Salvador y alrededores, habrá notado que el tráfico de un viernes cualquiera ahora se asemeja a lo que antes solo se sufría el fin de semana previo a la Navidad. Las mañanas, los mediodías, los atardeceres… el sistema circulatorio de la capital está colapsado. Esto, así de claro, no se lo escuchará a ningún funcionario, pero usted sabe a lo que me refiero.
Cuando arrancó esta década había 700,000 vehículos en El Salvador, vamos ya por el millón, y en cinco años habrá… a saber, cientos de miles de carros más, con la certeza de que será una cifra imposible de absorber para esta capital, sin importar cuánto paso a desnivel, túnel o redondel se construya.
Si el tráfico ya es una tortura, cada vez lo será más. Orilla azul de la bacinica. Quizá le sorprenda más leer que usted y sobre todo su clasismo son parte del problema del que tanto le gusta quejarse en redes sociales.
El parque vehicular tiende a aumentar en todos los países, sobre todo en los considerados en vías de desarrollo. Pero esa ‘ley de vida’ es más despiadada en una sociedad como la salvadoreña, marcada a fuego por un clasismo que convierte el viaje en carro propio en un elemento de estatus al que el clasemediero promedio no parece estar dispuesto a renunciar.
Más vehículos matriculados no tiene por qué ser sinónimo de más trabazones. Hay sociedades en las que la tenencia de un carro no supone el uso continuo de ese carro. Aunque acá suene casi revolucionario, se puede ser propietario de un vehículo y hacer la mayoría de desplazamientos en transporte público. O en bici. O a pie. Es, de hecho, la fórmula más exitosa. Quizá la única. Y es en este punto en el que el clasismo delclasemediero salvadoreño juega en contra de sí mismo. Cientos de miles de nosotros que no subiríamos a un bus ni aunque fueran gratuitos ni caminaríamos a la pupusería más cercana nos quejamos amargamente de la cantidad de personas que se comportan igual que nosotros. Y al día siguiente, todos de nuevo como zombis al volante.
Como a ninguno nos gusta sabernos responsables del problema del que nos quejamos, no falta quien se escuda en que los buses y microbuses son inseguros, incómodos o temerarios, y algo hay de cierto en cada uno de esos argumentos, pero estoy convencido de que el clasismo es el principal freno para el uso del transporte público. Las unidades del Sitramss son seguras, económicas, rápidas y –salvo en hora pico– cómodas, pero dudo que sean muchos los salvadoreños que, pudiendo usarlas, opten por dejar su carro en casa.
En El Salvador, movernos en carro propio es una posibilidad de no sentirnos bajomundo, de evidenciar cierto estatus. Y por más que nos quejemos, la inmensa mayoría de losclasemedieros –areneros o efemelenistas, evangélicos o católicos, merengues o culés– preferiremos eso al bus.
Las trabazones no harán sino agravarse. Tal o cual megaobra millonaria aliviará un área u otra, y trasladará los puntos más negros de una zona de la ciudad a otra. Pero mientras seamos cientos de miles los que estemos convencidos de que solo en carro propio merecemos ir al trabajo, al súper, al cine o a la universidad, seguiremos alimentando aquello de lo que tanto nos quejamos.
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